domingo, septiembre 23, 2007

Marcela y su máquina de escribir Olivetti



En la foto, mi prima Marcela, desaparecida en junio de 1974 a los 18 años. Hoy domingo 23 planté un rosal en su memoria en Villa Grimaldi/Parque por la Paz. La placa de cerámica con su nombre, está inserta en una varilla metálica a la cual le amarré una tirita que tejí a crochet con lana rojinegra, y una pulsera con 18 semillas rojas y negras. Semillas, como ella misma. El brazalete es pequeño y finito, de semillas de huayruro (chumico en Costa Rica) que son negras en una mitad y rojas en la otra. Semillas como Marcela misma lo es, una semilla. Traje la pulsera de Perú en marzo con un collar que hace juego y se la puse a Marcela en un gesto íntimo, medio kitsch quizás, de ruptura de la simetría de placas y rosales, ordenados en círculos sucesivos, que me permití pensando que no hay sepultura y por tanto no hay otra leyenda tampoco... Imagino a Marcela le gustaría. Yo igual conservo el collar de ese juego de huayruro, que estrené para la ocasión. El rosal de Marcelita (como le dice Blanca) quedó justo al lado del de María Galindo, desaparecida el año 76. ¡Sincronicidad: Lo planté yo misma! Fue en enero de este año, al inicio del proyecto (ver nota de ese mes aquí mismo). María era también compañera nuestra, trabajó conmigo en la clandestinidad y también era sureña, de Lota.

En los cementerios populares como el que está en La Florida, alguna gente lleva sus juguetes a sus “angelitos”; a veces hay avioncitos, o ponen incluso banderas, remolinos y escarapelas tricolores para el 18... y los mapuche tejen guirnaldas de papel y de maqui u otro árbol cuando visitan a sus muertos y comen asado y toman alegremente con ellos.

En la ceremonia de hoy Gilda Bottai, soprano lírica chilena de la Opera de Berlín y ex presa sobreviviente, interpretó entre otras canciones “Hijo de la luna” con una voz potente y hermosísima que también brindó a “sus hermanos y hermanas desaparecidas” el Ave María de Bach Gounod. Un audiovisual mostró imágenes de las compañeras. Esta es la segunda parte del proyecto que busca reponer el rosedal de la ex Villa Grimaldi homenajeando con una planta florida a todas las mujeres desaparecidas o ejecutadas en dictadura. Es extraño todo. Por circunstancias familiares hoy superadas, no nos conocimos realmente antes con Marcela, pero hoy la siento conmigo y eso me ha acercado mucho a su madre, Blanca -viajera y errante siempre - y a su hermano mayor, Juan, que ancló en Costa Rica.
Nadie vio nunca a Marcela en prisión. Pero sí se sabe que Osvaldo Romo llevó a esta estudiante mirista de 18 años –parralina de origen, como toda mi familia- a la localidad rural de Lampa, al noreste de Santiago, luego de detenerla. En la mañana del 26 de junio de 1974, el torturador y otros agentes de la DINA llevaron a Marcela Soledad Sepúlveda Troncoso hasta la parcela Nº 3, domicilio de la familia García Urrea. El padre de Marcela, Juan Sepúlveda (mi tío Cano, hermano de mi papá) y su prima, Tita, que se había criado con ellos desde niña, habían buscado refugio allí a raíz de la detención de mi tía, Blanca Flor Troncoso, madre de Marcela, a fines de mayo. Ante la dueña de casa, los agentes se hicieron pasar por “amigos” de Marcela, y subieron al segundo piso, donde estaba el dormitorio de la estudiante de Audiofoniatría de la Universidad de Chile. Cuando bajaron, ella llevaba en la mano un chaquetón, su máquina de escribir Olivetti - como la que mi hija Eva María guarda y era de su padre, ejecutado tres años después de la desaparición de Marcela -, y un stencil, o plantilla, de aquellas que se utilizaban entonces para imprimir propaganda en un mimeógrafo. Quizás tenía “picado” en su Olivetti, el texto de un volante llamando a unirse a la resistencia popular.

Marcela ese día entró a la cocina, donde estaba la dueña de casa, Elena Urrea de García. Tomó un cuchillo de la mesa, vaciló y luego lo dejó. La señora Elena le dijo: “Quédate, Marcelita”. Ella la abrazó, respondiendo: “No puedo”. Y se la llevaron en la misma camioneta roja, sin patente, en que habían llegado. Los hechos narrados figuran en la declaración prestada por la señora Elena ante el grupo 5º de Investigaciones, en abril del año 2000. Allí también constan los dichos de Tita Pino, que se presentó por primera vez a declarar en esa oportunidad, relatando que el día anterior a la detención, Romo visitó el emporio de tío Cano, en Almirante Acevedo 5220, comuna de Vitacura, con el pretexto de llevar dinero y comida para su esposa Blanca, trasladada al Estadio Chile, luego de haber sido torturada en Londres 38. En la puerta, Romo preguntó a Tita: “¿Así que estás metida en política?” Y la joven respondió: “Yo no, es Marcela la que está metida”.

Una situación equívoca
La detención de Marcela nunca fue reconocida por la dictadura. Con su madre en prisión en Tres Alamos, no hubo denuncias inmediatas. Romo confundió a la familia con llamadas telefónicas atendidas por Tita, quien sostenía luego ante tío Cano que Marcela estaba a salvo. Tita abandonó el liceo donde estudiaba y posteriormente se fue a vivir al norte.
Blanca Troncoso fue expulsada en marzo de 1975, luego de diez meses de detención, con destino a Costa Rica, país que la acogió con su marido y el hijo mayor, Juan que los había precedido. Viajaron creyendo que su hija estaba a salvo en la clandestinidad. Al confirmarse la detención y desaparición de dos jóvenes vinculados políticamente a Marcela: Eduardo Humberto Ziede (el “Flaco Santiago”) y Agustín Reyes (el “Gato” de Ñuñoa) Blanca recurrió a Amnistía Internacional y al Consejo Mundial de Iglesias para esclarecer la suerte de su hija. Blanca Flor tuvo prohibición de ingresar al país hasta 1988. Sus gestiones desde Canadá, así como los recursos de amparo y la denuncia por presunta desgracia entablados por amigos de la familia no tuvieron ningún resultado. El Ministro Servando Jordán revisó la causa interpuesta en el noveno Juzgado del Crimen, cerrándose en 1981 el sumario, en resolución confirmada por la Corte de Apelaciones el 22 de diciembre de 1981. El año 2001 Blanca se querelló contra Augusto Pinochet, Krasnoff, Romo y otros. La causa que inicialmente tuvo el juez Guzmán, y antes, la jueza especial Raquel Lermanda, está en manos del ministro Alejandro Solís, pero no pasa nada. No ha habido ninguna encargatoria de reo, fundamentalmente por la falta de testigos directos que aporten antecedentes. Romo murió sin reconocer su participación en este crimen y Contreras, en su última carta pública, considerada en medios judiciales como una nueva maniobra, reconoció su detención agregándola a las listas de sepultados como NN en el Patio 29. Por primera vez el nombre de Marcela fue mencionado por un criminal de la DINA. Pero hasta ahora no hay justicia ni hay verdad en la desaparición de la joven universitaria.

Dos hermanos unidos
Hasta el año 73, los dos hijos del matrimonio Sepúlveda Troncoso habían sido miembros del FER, brazo estudiantil del MIR. Marcela egresó del Liceo Nº 7, donde participaba en el centro de alumnos, y su hermano lo hizo, del Liceo Victorino Lastarria. Aunque cada uno tenía actividades políticas por su cuenta, analizaban apasionadamente los sucesos de la época que vivían. En una oportunidad Marcela integró una delegación de la Federación de Estudiantes Secundarios FESES que tuvo una audiencia con Salvador Allende, cuando éste era ya presidente electo, y recibió a los jóvenes en su casa de Guardia Vieja. El hogar de los Sepúlveda Troncoso, tenía el calor de la gente de provincia y allí llegaban los amigos y compañeros de sus hijos, entre ellos Carlos Freddy Pérez Vargas. Al ser detenida, Blanca fue acusada por la DINA de haber atendido en su peluquería al mirista Agustín Reyes – de la estructura que trabajaba en Ñuñoa- también desaparecido en 1974.

Marcela y el Ché
Su compañera de estudios en el Liceo 7, Alejandra, recuerda: “Admirábamos al Ché, y en ocasiones leíamos sus escritos. Eramos exigentes con nosotras mismas y con los demás, tratábamos de ser consecuentes con nuestras ideas políticas. Ella era muy generosa, franca, directa y también muy racional”. Marcela era de carácter reservado, y le gustaba escribir. No tenía pololo y su amiga Alejandra cree que esperaba todavía conocer al compañero ideal. Cuando la madre de Marcela, Blanca fue detenida en el negocio de su marido, la primera reacción de su hija fue preocuparse de poner a salvo a otro perseguido que estaba alojado en su hogar, en el centro de Santiago.

Blanca relata que después del golpe, Marcela la convenció a ella de no irse del país, y siempre rechazó asilarse. La madre recuerda que el único signo de coquetería de su hija era hacerse “la toca” dos veces a la semana, para alisarse la negra y crespa cabellera heredada del padre. Fumaba con deleite los Lucky Strike que su padre proveía sin protestar, y bromeaba alegremente con su madre para que no la obligara a ordenar su habitación. Apoyada en el resto de la familia, utilizaba una muletilla para zanjar la discusión: “La correlación de fuerzas no es favorable para usted, mamá: mejor cállese”. Pero también, le prometía tiernamente a su madre que cuando ella fuera profesional, vivirían juntas en un departamento en Providencia.

El segundo nombre de Marcela era Soledad.
Tío Cano murió en el exilio en Canadá en 1987. Blanca oscila entre Montreal –donde está sepultado él- , Costa Rica – acaba de nacer su bisnieta, Fiorella - y Santiago, ciudad a la que desde 1988, regresa una y otra vez. Ella ya no cree en la justicia. Blanca ahora espera. Sólo eso. Ella espera.

2 comentarios:

Patty Ardilla Parga dijo...

Lucía querida, dale un abrazo a Blanca de esta Ardilla que ve en los ojos de Marcela la fuerza que me dan los ojos de mi hermano Leonardo. Fueron semilla, son semilla!!.
Por ellos no bajaremos los brazos.

Te mando un beso desde el lluvioso otoño belga.

marcela dijo...

marcela, compañera del 7 teníamos el mismo nombre pero para nosotras eras la negra, y si que tuviste un novio de la juventud, del liceo que quedaba cerca el, Lastarrria, tarde me entere de tu destinos 34 años son muchos y no nada, gracias por las lecciones de vida y espero que la justicia algún día haga justicia´Marcela tu compañera del liceo 7 de providencia